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Funes el memorioso, es título de un cuento de fantasía hecho por el escritor argentino Jorge Luis Borges. Publicado por primera vez en La Nación de junio de 1942, surgió en la antología Ficciones de 1944. La primera traducción al inglés surgió en 1954 en Avon Modern Writing No. 2. Si deseas conocer mas acerca de esta interesante obra continua leyendo este articulo…

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Funes el memorioso

En esta obra, el narrador, que es una versión del propio Borges, conoce a Ireneo Funes, un adolescente que vive en Fray Bentos, Uruguay, en el año 1884. El primo de Borges le pregunta al niño por la hora, y Funes responde al instante, sin la ayuda de un reloj y precisa el minuto.

Borges investiga una diversidad de temas en el texto, como la necesidad de generalización y abstracción al pensamiento y la ciencia. Funes puede compararse con un sabio autista, en el sentido de que ha logrado una habilidad extraordinaria, la memoria, sin la necesidad obvia de aprender o practicar. La historia plantea la pregunta no resuelta de cuánto potencial sin cumplir verdaderamente contiene el cerebro humano.

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Resumen

El narrador argentino en primera persona recuerda a un amigo uruguayo fallecido, Ireneo Funes. Sus recuerdos escritos se reunirán con los de otros para una especie de libro recordatorio. Un escritor ha llamado a Funes un superman. El narrador destaca que Funes era un campesino de la ciudad de Fray Bentos. El narrador recuerda su primer encuentro juvenil con Funes en 1884. Él y un primo volvían de un paseo a caballo. Funes estaba fumando un cigarrillo.

El primo le preguntó a Funes la hora. Sin mirar un reloj, Funes respondió: “En diez minutos serán las ocho en punto”. Deslumbrado por la respuesta de Funes, el primo le contó al narrador sobre Ireneo Funes. Era acreditado por sus excentricidades, como “no tener nada que ver con las personas y saber siempre el minuto exacto, como un reloj”. Era hijo de una mujer que planchaba y un médico inglés llamado O’Connor. Otros no estuvieron de acuerdo y apodaron a un padre diferente.

En 1887 la familia del narrador volvió a Fray Bentos, en Uruguay. El narrador pregunta sobre las noticias del “reloj Funes” y se entera de que se cayo de un caballo y que está “irremediablemente lesionado”. El narrador ha empezado a enseñarse latín por sí mismo y ha traído consigo algunos libros en latín, entre ellos un volumen de Historia natural de Plinio escrito en el 77 d.C. Funes envía al narrador una carta florida y ceremoniosa, en la que recuerda los detalles de su reunión de años anteriores. (ver artículo: La divina comedia)

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Concluye pidiendo prestado cualquiera de los libros latinos del narrador y envía un diccionario en latín, “porque todavía no sabe latín”. Funes está haciendo una broma, el narrador envía un libro de instrucciones de idioma, “Gradus ad Parnassum” y el volumen de Plinio. Recordando a Argentina, el narrador se da cuenta de que Funes aún tiene los libros y va a la casa de Funes antes de irse. Mientras camina hacia la parte de atrás donde Funes reposa en la oscuridad, escucha a Ireneo hablar latín, leyendo algo en voz alta “con evidente deleite”.

Más tarde se entera de que Funes estaba leyendo un capítulo de la historia natural de Plinio sobre la memoria. El narrador cita las últimas palabras del capítulo las cuales son: “ut nihil non iisdem verbis redderetur auditum” que significa “nada de lo que se ha escuchado se puede volver a contar con las mismas palabras”.

Funes da la bienvenida al narrador y cuenta los casos de maravillosos recuerdos citados en la Historia Naturalis. Funes describe su vida antes del accidente. Había sido ciego, sordo-mudo, sonámbulo, y sin memoria. El narrador intenta destacar que Funes ya tenía una mente notable e intenta narrar la agudeza de la memoria de Funes. Podía recordar cosas como las formas de las nubes en el sur al amanecer del 30 de abril de 1882. Le dice al narrador: “Tengo más recuerdos en mí mismo de lo que toda la humanidad ha tenido”, ya que el mundo era un mundo.

Las personas comunes pueden recordar formas básicas, pero Funes podría recordar la melena tempestuosa de un semental o las varias caras de un hombre muerto durante el curso de una estela prolongada. También ideó una nueva forma de contar, dando a cada entero un nuevo nombre. Su nombre para 7013, por ejemplo, era “Máximo Pérez”; Su nombre para 7014, “El tren”. El narrador discute que el invento de Funes no era un sistema de enumeración, sino que Funes no me entendió o no deseó entenderme.

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El narrador conmemora un invento propuesto por el filósofo inglés del siglo XVII John Locke: un lenguaje con una palabra para cada cosa particular. En lugar de un nombre, ave, cada ave individual obtendría su propia palabra. Con una idea similar, Funes la rechazó por ser demasiado corriente, demasiado ambigua. Para Funes, existe la dificultad adicional de recordar cada vez que ha visto, percibido o imaginado cada cosa.

Para el narrador, los proyectos planteados por Funes revelan una cierta grandeza tartamudeante y admiten que las personas típicas supongan cómo es ser Funes, que es casi incapaz de tener ideas generales y platónicas. Posee dificultades para darse cuenta de que el término genérico de perro comprende a muchos ejemplares diferentes de tamaños y formas diferentes”. Pero tiene otra dificultad. Le cuesta creer que un perro visto a las tres y catorce, y visto de perfil, tenga el mismo nombre que el perro a las tres y quince y visto de frente.

Además sin esfuerzo, Funes había aprendido inglés, francés, portugués, y latín. Pero el narrador piensa que Funes quizás no era muy capaz de pensar. El narrador dice que pensar simboliza olvidar una diferencia, generalizar, disociar. La conversación acaba al amanecer. El narrador ve el rostro de 19 años de Funes, pero parecía tan monumental como el bronce, más viejo que Egipto, anterior a las profecías y las pirámides. Funes luego muere a los 21 años, en 1889.

Análisis

Desde el inicio de la historia, los recuerdos del narrador y de Funes se contrastan de una forma inteligente y discreta. El narrador está utilizando su memoria del pasado para escribir las memorias, pero a diferencia de Funes, solo puede acercarse a los detalles olvidados, no hay fechas exactas aquí, ya que se habla de “en marzo o febrero del año 84″. Esta fue la fecha de su primera reunión. No obstante, a diferencia del narrador, cuando Funes escribe para tomar prestado el libro latino, se refiere a su encuentro como “el séptimo día de febrero del año 84″.

Un poco más adelante en la historia, justo antes de narrar la conversación final con Funes, el narrador se disculpa por lo que sigue, este dice que no pretenderá reproducir las palabras exactas porque han pasado casi cincuenta años. Aunque él imagina su resumen como remoto y débil. Borges siguió muy puntualmente la máxima de Edgar Allan Poe de que una historia corta debe apuntar a un solo efecto, y sus historias continuamente se convierten lentamente en una revelación en el clímax que exige al lector a reevaluar todo lo que ha ocurrido hasta ese instante.

“Funes, el memorioso” es un buen ejemplo de esa práctica. Toda la historia conduce a la salida del sol y la vista del rostro añejo de Funes. La historia igualmente ilustra que cuando el clímax se ha preparado apropiadamente, los detalles de la revelación pueden hablar por sí mismos: el narrador no extrae ninguna terminación sobre este rostro sorprendentemente viejo en un niño de diecinueve años; los lectores pueden sacar sus propias conclusiones sobre la carga de no poder olvidar.

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Inclusive antes del accidente, existe la sensación de que Ireneo Funes está mal. Funes lleva el apellido de su madre, no el de su padre. Es un hijo ilegítimo y, por lo tanto, ha tenido un inicio difícil en la vida. El crítico literario Gene H. Bell-Villada propone que el nombre Funes es equivalente a diferentes palabras españolas que simbolizan “funerario”, “desafortunado” y “oscuro”. De hecho, es oscuro cuando el narrador y Funes se tropiezan por primera vez, ya que el narrador sólo puede distinguir la ropa de Funes y el cigarrillo encendido.

El conocimiento habitualmente se asocia con la luz, por lo tanto, las palabras iluminan y se enfocan. Pero los extraños dotes intelectuales de Funes lo encierran en la oscuridad. Prefiere tumbarse en la oscuridad, mejor para reservar los abundantes y siempre cambiantes detalles de su mundo intolerablemente exacto. Asimismo está encarcelado metafóricamente en la oscuridad porque no puede crear ideas generales. En muchos sentidos, no puede pensar, pero solo puede percibir y acordarse con asombroso detalle.

El filósofo estadounidense Saul Kripke establece que los nombres son una clase específica de palabras, que los llaman “designadores rígidos”. Según esta idea, no importa lo que le ocurra al portador del “designador” Ireneo Funes, ya sea que se convierta en un atleta rico o un sabio paralizado, el nombre Ireneo Funes siempre se refiere a la misma persona. En cierto modo, los nombres son, consecuentemente, como los conceptos generales que Funes no puede constituir. (ver artículo: El beso de la mujer araña)

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A Funes le gustaría utilizar nombres de una forma opuesta a la de Kripke; con cada cambio le gustaría que los objetos asumieran un nuevo nombre. Funes simboliza un extremo del nominalismo, una rama de la filosofía que prosperó en la Edad Media. Los filósofos nominalistas creían que no había nada real detrás de conceptos universales como “humanidad” o “el bien”. Esta creencia no simboliza que los nominalistas negaron las palabras humanidad y bien poseían un significado.

Sólo negaron la existencia de algo como una forma platónica de “humanidad” o “lo bueno”. Funes va más allá: solo hay cosas particulares en momentos específicos. Los conceptos generales no poseen ningún significado para Funes. El narrador nombra a John Locke, ya que este propuso y rechazó un lenguaje imposible. Idioma aquí significa “lenguaje”, pero el enfoque está en la individualidad: solo un grupo o inclusive una persona entiende un idioma. La propuesta de Locke era un lenguaje en el que cada objeto particular, cada piedra, cada ave y cada rama tenían un nombre individual.

En su “Ensayo sobre el entendimiento humano”, Locke refuta este lenguaje por dos razones: es imposible y es inútil. Tal lenguaje es absurdo porque un nombre para “todos los pájaros y bestias que los hombres vieron; cada árbol y planta que afectó los sentidos, no pudo hallar un lugar en la comprensión más amplia”. Se requeriría una memoria asombrosa que superara todos los demás ejemplos conocidos de memoria extraordinaria.

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Tal lenguaje también sería inservible, ya que los hombres aprenden nombres y los utilizan para hablar con otros, solo para que puedan ser entendidos, escribió Locke. Esto no se puede hacer con nombres destinados a cosas particulares, de las cuales solo yo tengo las ideas en mi mente. Este es esencialmente el problema de Funes. Le gustaría un lenguaje aún más exacto que el de Locke, en el cual vive un nombre no solo para cada hoja sino para cada hoja como apareció en los diferentes instantes en que Funes lo vio.

Pero tal lenguaje solo podría ser característico para Funes, el que vio la hoja en esas ocasiones. Su “sistema” de numeración es igualmente inexpresable, una larga lista de nombres distintivos, demasiado larga para que nadie, excepto Funes, pueda aprender. En el que hay un nombre no solo para cada hoja, sino para cada hoja que paso en los diferentes momentos en que Funes lo vio. Pero tal lenguaje solo podría ser significativo para Funes, el que vio la hoja en esas ocasiones.

No obstante, Funes posee un deseo de simplificación, a pesar de que no puede resolver a nivel conceptual. Le resulta dificultoso dormir porque no puede “aislarse a sí mismo del mundo”. Pero cuando duerme, lo consigue orientándose hacia algunas “nuevas casas desconocidas” hacia el este. No ha visto las casas, lo que las confinaría en detalles insoportables.

Así que él es libre de percibir las casas como “negras, compactas, y hechas de una sola oscuridad”. Este es otro ejemplo de la tristeza del mundo intolerablemente exacto de Funes, sus únicas alegrías son los estados de olvido conseguidos con poca frecuencia. Como si su “designador rígido” de un nombre lo hubiera condenado a él, Funes pronto se marcha a la oscuridad eterna, falleciendo a los 21 años. (ver artículo:El principito)

Tema

En un preámbulo a la publicación de Ficciones en el año 1944, Jorge Luis Borges comentó de “Funes, el memorioso” que solo era una “larga metáfora del desvelo”. Como tal, evidentemente es una metáfora sorprendentemente apropiada, ya que frecuentemente se intenta sin éxito, para dormir, los recuerdos de uno insisten repetidamente en el frente de la conciencia, y Borges sufría de insomnio. Un poema que escribió cerca del año 1936 habla de su mente como “un espejo incesante” que reproduce los detalles recordados de la vida a su alrededor mientras espera el sueño.

Los críticos, no obstante, se han mostrado reacios a reflexionar la historia solo como una “metáfora del insomnio”; algunos han visto en el trabajo un reflejo de la vida de Borges en un momento esencialmente difícil cuando su trabajo como escritor parecía no apreciarse, cuando bien podría haberse considerado un espectador solitario del mundo.

Hay un segundo tema en la historia, uno mucho más habitual, cuya ironía puede haber apelado a Borges es “la naturaleza del pensamiento”. A pesar de todos los logros de Funes, él había aprendido inglés, francés, portugués y latín aparte de su español nativo, el narrador duda de que fuera capaz de pensar mucho. Como señala el narrador, el pensamiento depende de una paradoja: la capacidad de sistematizar y abstraer requiere que uno olvide las diferencias entre las cosas y se concentre en las semejanzas.

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Funes, no obstante, nunca se olvida. Debido a que su memoria le asigna detalles tan violentos, a Funes le resulta casi improbable pasar por alto las diferencias entre las cosas. Su memoria del momento individual es tan efectiva que no puede generalizar. El narrador afirma que a Funes no solo le resultó difícil deducir cómo una palabra como “perro” podía personificar a cualquier miembro de la especie, sino que además le molestó que el mismo nombre se pudiera utilizar para el mismo perro visto desde diferentes perspectivas o en diferentes momentos.

Como expresa el narrador: “Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendieron en cada ocasión”. En una historia corta, no es posible ni ansiado presentar una teoría de la intelección, no obstante, el tema de “Funes, el memorioso” mantiene que el pensamiento abstracto puede verse limitado por una memoria retentiva. Esa generalización, la base del razonamiento, solicita que una persona se aleje de lo particular y de los detalles concretos de la experiencia.

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Autor

En 1944, el gran escritor argentino Jorge Luis Borges publicó Funes el memorioso. Es la historia ficticia de Ireneo Funes, quien, luego de caerse de su caballo y sufrir una lesión en la cabeza, obtuvo el increíble talento, o la maldición, de recordar definitivamente todo. Conocía las formas de las nubes en el cielo del sur en la mañana del 30 de abril de 1882, y podía compararlas en su memoria con las venas en la cubierta de mármol de un libro que solo había visto una vez, cuenta Borges.

Borges es acreditado por su fascinación por los conceptos matemáticos y filosóficos, desde el infinito hasta la historia. A través de la historia de Funes, investiga los vastos laberintos de la memoria y las consecuencias de un recuerdo infinito. Su elección de personaje revela los intereses de larga data del autor en psicología, memoria y neurociencia. El mismo Borges, declaró, que tenía una memoria excepcional.

Podía mencionar pasajes en español, inglés, alemán y otros idiomas. Borges enriqueció voluntariamente su memoria desde una edad temprana, sabiendo que poseía una enfermedad congénita que eventualmente lo dejaría ciego e incapaz de leer. Irónicamente, perdió la vista en 1955, el año en que fue elegido director de la biblioteca nacional argentina, pero conservó su interés al pedirle a otros que le leyeran. En una de sus primeras reuniones con el escritor, le pidió  a alguien que enunciara un pasaje específico en un libro.

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Para su sorpresa, él la guió ágilmente a la página exacta, a pesar de que había estado ciego durante muchos años. Particularmente modesto, Borges se consideraba más un lector asombroso que un escritor consumado. De las muchas observaciones que adornan sus copias personales de libros actualmente, es claro que su lectura inagotable tuvo un gran impacto en sus obras.

Por ejemplo, una copia de The Mind of Man, un libro de texto de psicología de Gustav Spiller de 1902, posee una nota intrigante de Borges que dice: “Recuerdos de su vida, página 187.” En esta página, Spiller calcula cuántos recuerdos posee una persona de diferentes etapas de su vida: cerca de 100 para el Primeros 10 años, 3600 hasta 20 años, 2000 recuerdos más entre los 20 y 25 años de edad, logrando alrededor de 10000 en los primeros 35 años de vida. Igualmente indica cuánto tiempo llevaría recordar estos recuerdos.

Por ejemplo, uno no recuerda todos los detalles de un viaje largo, sino ciertos puntos de referencia, tal vez el instante de la salida y la llegada, o algunos puntos intermedios. Borges dice de Funes: “Dos o tres veces había repasado un día entero; nunca había cometido errores ni vacilaciones, pero cada reconstrucción había durado un día entero”. En la historia de Funes, Borges describió con mucha exactitud los problemas de la capacidad de memoria distorsionada mucho antes de que la neurociencia se pusiera al día.

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Ahora sabemos que la función de la memoria está relacionada a un área del cerebro en particular, el hipocampo, que se halla al final de la ruta neural que procesa la información sensorial. Gran parte de esta comprensión resultó del estudio de Patient HM, a quien en la década de 1950 le extirparon quirúrgicamente el hipocampo para curarlo de la epilepsia.

Aunque primeramente parecía normal después de la cirugía, pronto se hizo indudable que había desarrollado amnesia anterógrada, este podía recordar a personas y hechos anteriores a la cirugía, pero no a eventos recientes. La evidencia del paciente HM propone que el hipocampo es crucial para la formación de nuevos recuerdos. En un estudio que utilizó electrodos para explorar esta región del cerebro en pacientes epilépticos por razones clínicas, se identificó un tipo de neurona que se activa en respuesta a conceptos abstractos particulares.

Por ejemplo, una neurona en un paciente disparó solo en reconocimiento de diferentes imágenes de la actriz Jennifer Aniston; otro respondió solo a las imágenes de otra celebridad, Halle Berry. Por lo tanto, es probable que estas neuronas vinculen la percepción y la memoria creando la codificación abstracta que utilizamos para almacenar recuerdos, esencialmente considerando que tendemos a recordar conceptos y olvidar detalles irrelevantes.

Si faltan estas neuronas, la capacidad de formar abstracciones puede ser limitada, lo que lleva a patologías como el autismo o personajes como Funes. Inclusive sin este conocimiento científico, la descripción intuitiva de Borges es clara: Funes, escribió, era virtualmente incapaz de ideas ordinarias, platónicas. Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez que las veía. Pensar es ignorar u olvidar diferencias, generalizar, disolver. En el repleto mundo de Ireneo Funes no había más que detalles muy concretos.

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